viernes, 22 de febrero de 2013

¿Me explico, Russell?

Bertrand Russell. Fuente
Existe una pregunta que algunas personas, al razonar, suelen usar para asegurarse de que su interlocutor sigue el hilo de la argumentación: “¿Me explico?”. Quizá se deba a que estas personas tengan un agudo sentido de percepción, el cual les permite captar en un mínimo gesto del receptor una evidencia de duda; quizá son ellos (los emisores) quienes experimentan desconfianza en su propio razonamiento; o, simplemente, es una muletilla que tienen.
No es el propósito de este ensayo dar con el motivo correcto; de hecho, podrían ser los tres. Sin embargo, lo que está detrás del simple “¿me explico?” es un tema que ha apasionado a algunos filósofos y, todavía hoy, es asunto de discusión: la vaguedad. Uno de estos filósofos es el galés Bertrand Russell, quien publicó un artículo sobre este tópico en The Australasian Journal of Psychology and Philosophy, 1, en 1923
.
En este artículo, Russell no explica el uso del “¿me explico?”, pero  se pueden hallar ciertas claves para entender por qué se utiliza. Si se atiende a la vaguedad, como un problema filosófico, el filósofo galés prefiere aclarar antes un punto importante: la vaguedad no corresponde a las cosas, sino que es una característica de las representaciones de tales cosas. Sin ningún reparo, se puede incluir el lenguaje –las palabras, específicamente– dentro del grupo de “representaciones” de las cosas. Entonces, ¿es el lenguaje vago?
Para Russell, los lenguajes reales sí. Reales, porque, para él, un lenguaje exacto –como el que él mismo se inventó– evita la vaguedad. Ahora bien, ¿por qué los lenguajes reales son vagos? Porque en ellos, según el mismo Russell explica, “el significado es multívoco”, es decir, una palabra puede tener distintos significados, o varias palabras, el mismo. Para evitar la vaguedad, la relación entre representación y representado –en definitiva, la relación que expresa el significado– debe ser biunívoca.
No se puede negar el hecho señalado por Russell: en el lenguaje “común” hay significados multívocos y los hablantes (también podrían ser los escritores) experimentan falta de precisión al utilizarlo. No obstante, cabe preguntarse: ¿es realmente un problema que esto suceda? Para el filósofo galés parece que sí (no en vano habrá inventado un lenguaje exacto). Sin embargo, se podría explorar la otra vía: el no.
Cuando un latinoamericano viaja a España, es normal que escuche palabras y expresiones jamás oídas por él: cotilleo; está en el quinto pino; tirarse de la moto; estar zumbao; o quizá haya escuchado las más comunes en alguna “peli”: guay, mono, tío. Para él sería más fácil entender (por ejemplo, si viene de una ciudad como Cartagena de Indias) palabras como chisme, está lejos (por no ser vulgares), estar tostao, película –a lo sumo, peli lo diría una chica-, chévere, buena gente o man (no hay nada que traduzca con exactitud lo que tirarse de la moto quiere decir). No obstante, él no anda con un diccionario con expresiones típicas: aprende el significado de las palabras por el contexto o, en pocos casos, se ve en la necesidad de preguntar por él.
¿Tiene esto que ver con la vaguedad? Mucho. El hecho de que expresiones tan distintas signifiquen las mismas cosas (en una misma lengua) es un punto a favor para Russell. Pero la forma en que se aprende su significado es uno menos. Esta experiencia revela que el proceso de significación no es fruto de una relación diádica (representación-representado), sino triádica (que añade el sujeto que interpreta). Russell acusa de vaguedad a la representación y puede permitírsele. Pero no hay ningún problema porque el sujeto que interpreta contrapesa este “inconveniente”.
Puede que a los calvos no guste esto, porque con Russell se sentían “más seguros”: que no se preocupen, porque la persona que interpreta puede reconocer en la calva años de experiencia, o gustos interesantes. Concebir el significado como “resultado de un complejo proceso social”[1] es más que concebirlo como un mero producto físico, como sostiene Russell. Si la filosofía escéptica carece de interés por ser tan breve, como dice el filósofo galés (y no se ve motivo para estar en desacuerdo con él), el “fisicismo” no parece ser tan extenso como para abarcar lo cultural: otra cosa es estirarlo más de lo que permite.
Por tanto, aunque la vaguedad en el lenguaje sea un hecho, este no autoriza la vagancia del sujeto: si “a primera vista” no parece exacto lo que se quiere decir, que haya una “segunda vista”. El ser humano puede ver intelectualmente (a pesar de que lo sentido sea “subjetivo”, lo entendido es objetivo); de hecho, la vaguedad del lenguaje es reflejo de que este es profundamente humano: involucra a los sentidos y a la inteligencia, al cuerpo y al alma. Por eso, la vaguedad no es un problema insalvable, porque siempre se puede añadir un simple “¿me explico?”.  




[1] F. CONESA-J.NUBIOLA, Filosofía del lenguaje, Barcelona, Herder, 2002, p. 68  

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