| "Conócete a ti mismo". Fuente |
Cuando leí por primera vez el párrafo final de “El viraje de la filosofía”[1], de Moritz Schlick, me sorprendió cómo se ha cumplido parte de lo que el autor predice en él. Así dice el párrafo: “(…) al final ‘los filósofos’ ya no serán escuchados; se parecerán a actores que siguieran representando durante algún tiempo, antes de darse cuenta de que el auditorio lentamente se ha ido ausentando. Entonces ya no será necesario hablar de <<problemas filosóficos>>, porque se hablará filosóficamente sobre todos los problemas, es decir, con claridad y con sentido”.
Sí, a los filósofos ya no nos escuchan; no son pocos los que se han ido ausentando del auditorio; pero, creo que, hoy en día, no se habla “filosóficamente sobre todos los problemas, (…) con claridad y con sentido”. Basta con que preguntemos a una persona “¿podrías decirme quién eres?” para comprobar que muy claro no lo tiene, y que a duras penas se expresa con sentido.
La verdad es que antes de responder, la
persona cuestionada nos miraría con cara rara, como queriendo decir: ¿qué clase
de pregunta es esa? Le diríamos que somos filósofos y pensaría “eso lo explica
todo: un chiflado más”, contestaría con dificultad y poco le importaría no responder
bien, porque al fin y al cabo es una pregunta de filósofo: chiflada, como él.
No, filósofos, no hay motivos para
preocuparse: no creo que estemos chiflados –por lo menos no todos–. Pero sí, en
tanto que filósofos, tenemos un problema: la gente cree que estamos locos.
Pienso que es así porque nos entregamos a una labor que pocos están dispuestos
a llevar a cabo: la búsqueda de la verdad.
“¿Si tanto la han buscado, casi durante 2.600
años, por qué no la han encontrado?”, podrían preguntarnos. “¿Por qué no están
de acuerdo entre ustedes?”. Son cuestiones que, en sí mismas, tienen la
respuesta: porque la verdad no es cuestión de años ni mucho menos de un
acuerdo. La verdad no es un ídolo que los filósofos fabrican para explicar la
realidad que los rodea: la filosofía sería un mito racional. La verdad llama al
filósofo, porque es previa a él, y le dice: “Entrégate a mí”. Por eso, antes de
ser un conocimiento, la filosofía es una actividad.
Por tal motivo, tuitearía la expresión de Schlick según la cual “la filosofía (…)
<es> un sistema de actos en
lugar de un sistema de conocimientos”. No obstante, me parece que el fundador
del Círculo de Viena la desvirtúa al otorgar a dichos actos solamente la
función de asignar significados. El filósofo, por sí mismo, no puede dar
sentido si no hay algo previo que se lo dé a su actividad: si solo se encargara
de “precisar el sentido de (…) <los> enunciados” de otras
ciencias, una vez precisado, la filosofía ha muerto y el filósofo con ella.
¿Pero, una vez entregado uno a la verdad, no
se ha muerto la filosofía? No, porque siempre que haya personas dispuestas a
entregarse a la verdad, habrá filósofos. Lo de menos es la Filosofía, con F
mayúscula: los importantes son los filósofos. Como decía E. Gombrich: “No
existe, realmente, el Arte. Tan sólo hay artistas”[2].
Frase también aplicable a filosofía.
¿Y los filósofos que han ido en contra de la
verdad? Mejor preguntar, ¿Qué es la verdad? Es aquello que llama a cada
filósofo a entregarse a su búsqueda. No ha habido filósofo que no haya
perseguido un objetivo, que da sentido a su actividad. ¿Son, entonces,
distintas las verdades? Como la luz mana de diversas fuentes, así mismo la
verdad. Sería una necedad del filósofo hacer de su fuente la única.
Así, la entrega a la verdad no es más que ser
portador de ella. La filosofía aclara “el sentido de las proposiciones
fundamentales”, como dice Schlick, porque el filósofo ha sido aclarado antes. El
que camina sin luz, o con una luz deformada, poco podrá iluminar. El filósofo
debe buscar la verdad para poder, con ella, dar “claridad y sentido”.
Por lo tanto, en medio de las acusaciones que
se le hacen hoy, el filósofo está llamado a reflexionar sobre su propia
actividad[3].
No para volver sobre sí mismo, sino para siempre tener presente que no es él,
en solitario, quien resolverá todos los problemas, sino para recordar, con
humildad, que la verdad lo ha llamado a él y, en él, a la humanidad entera que
está en su naturaleza. El “viraje de la filosofía” es el de cada filósofo hacia
la verdad.
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